Bien es cierto, que no siempre podemos alcanzar las metas que nos proponemos.
También es cierto que a veces (muy pocas), la suerte puede actuar y permitir conseguir un éxito que ni nos habíamos planteado. Pero en la amplia mayoría de los casos, las metas se alcanzan cuando se trabaja y se hace una preparación rigurosa para llegar a ellas.
No puedo negar, que acabo el año satisfecha y feliz viendo éxitos conseguidos por mis clientes.
Los nombres de mis clientes, y los retos alcanzados siempre forman parte de mi secreto profesional, pero seguro que si alguno de ellos, lee esta entrada, reconocerá que mis palabras también van dirigidas a él o a ella.
Hay algunos puntos comunes a todos ellos:
1. Han decidido seriamente y se han comprometido con ellos mismos a alcanzar una meta.
2. Han definido una meta concreta
3. Han elegido muy bien los pasos a dar, teniendo en cuenta sus valores, sus fortalezas, su experiencia,…
4. No han decaído en el proceso y camino que llevaba a la meta
Estos elementos, que son “obvios”, son, a veces muy difíciles de llevar a cabo.
Estamos todos muy acostumbrados, a querer “algo que nos guste”, “algo que nos llene” y que sea “pronto”. Los tres son conceptos ambiguos e inconcretos que no nos pueden llevar al “éxito” porqué la inconcreción no puede darnos nunca satisfacción.
En realidad la vida, nos da espacios para aprender, para madurar, para crecer y hasta que no es “nuestro” momento, la vida no nos da la oportunidad, para alcanzar
lo que nos habíamos propuesto.
Algunos de estos clientes, que cierran el año, disfrutando de los resultados alcanzados, saben que han pasado momentos muy duros. Momentos de desesperanza, momentos de incomprensión, de rabia, de dolor, de soledad, de tristeza, y sin embargo han seguido trabajando sin dejar su “misión” de trabajar para llegar a la meta.
Con algunos de ellos hemos “trabajado”, el porqué del tiempo que ha pasado para alcanzar el resultado deseado. No es fácil encontrar la respuesta. Sin embargo, una vez conseguido el reto, hemos podido comprobar, que en este “largo espacio de tiempo”, se aprenden y se desarrollan aspectos internos de uno mismo, que una vez realizados, parecen importantes e imprescindibles.
Es difícil aprender a CONFIAR en el destino, en el éxito, en saber que SI que hay futuro.
Cuando los resultados no los alcanzamos de inmediato, nos frustramos e incluso nos desesperamos y sin embargo son momentos de “oscuridad” de los que debemos aprender.
De alguna forma creo, que son necesarios y por ello nos ocurren.
Los largos recorridos, los tiempos de espera, las entrevistas que no dan resultado,
las llamadas sin respuesta, los correos mandados, las ofertas rechazadas… días, semanas, meses, e incluso en algún caso, años, se convierten en un largo y tortuoso camino. Son “espacios de tiempo” para aprender aspectos fundamentales y profundos de uno mismo: la humildad, el coraje, la perseverancia, la distinción entre los superfluo y lo importante, el valor de las cosas más sencillas, la importancia de la concreción, la gestión de la frustración, la soledad… en definitiva, esos largos espacios se convierten en una escuela de aprendizajes reales e importantes.
Una vez alcanzada la meta, estos aprendizajes forman parte de uno. También el reto conseguido se va a convertir en una escuela para aprender, pero de eso se trata. Se trata de crecer para mejorar y hacer que nuestras acciones sean mejores, para nosotros, para los demás y en definitiva también para el bien común.
En estos momentos actuales de complejidad económica, empresarial, financiera y social, hay personas que están celebrando éxitos personales y profesionales. Se trata de que ninguno de nosotros decaiga en el camino. Marquemos bien los objetivos y decidamos andar en la dirección fijada y confiando en nuestra fuerza para conseguirlo. Es posible.
Felicidades a todos y a todos los que estáis disfrutando de las metas propuestas. Disfrutar el momento, porque el recorrido ha valido la pena y no dejéis que los próximos problemas del día a día, empañen la felicidad de lo conseguido.
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